Quienes se merecen el homenaje a la mujer trabajadora no son las superwomen que salen en el cuché, ni las ejecutivas que tienen las empresas para presumir de igualdad, sino esas oscuras amas de casa que sostienen el tinglado de la civilización.
CUANDO los Ministerios de Propaganda de Occidente celebran el Día de la Mujer Trabajadora no pensé en las CEOs, ni en las sufridas becarias (esquivando puñaladas y procacidades), o esa contradicción con patas que son las superwomen que presumen de círculo cuadrado (trabajo dentro y fuera del hogar).
Si la igualdad es un mito, la conciliación es un timo. No lo decimos nosotros, sino mucha profesional madura, que descubre angustiada a los 45 que la engañaron con el máster, la escalada de peldaños en la empresa, el triunfo… como acaba de dejar bien claro Sonsoles Onega en su libro “Nosotras que lo quisimos todo”.
Descubre que ha vendido la maternidad por un bolso de Hermés. Y ya es tarde para dar marcha atrás. Luego están las que tratan de mantener el equilibrio inestable: los críos por un lado, y extenuantes maratones como jueza, médica, cajera, taxista por otro… y esa sensación de no llegar a nada. Y sin duda merecen nuestro aplauso, porque se desloman y lo dan todo, con esa capacidad de abnegación que la fémina lleva en los genes. Pero les corroe la duda: ¿soy buena madre? Y lo tienen claro: ante el dilema -carrerón o hijos-, renuncio al carrerón.
Prefieren quedarse con la jornada intensiva, aunque sea a costa de no ascender y no llegar jamás a general de su empresa. Se quedan en alféreces provisionales. Alguna, muy aislada, logra la proeza épica de trascender lo efímero y consigue una nota a pie de página en el Programa de las Fiestas de su Multinacional. Alguna pasa a la Historia de su promoción, por haber logrado el Premio Fin de Carrera, o ya de mayor, por haber sido nombrada Empresaria Ejemplar. ¿Y? Nadie hablará de ella cuando haya muerto… como los hombres, no nos engañemos. Eso sí que es igualdad.
Cuando el Ministerio de Propaganda celebró los fastos de la Mujer Trabajadora, los autores nos acordamos de nuestras madres. Sin salir de las cuatro paredes de su hogar daban sopas con honda a las superejecutivas de eficiencia y taconazo. Eran las mejores educadoras: porque enseñaban todo lo que sabían; podían responder a cualquier duda en cualquier momento del día o de la noche y estaban a disposición de sus alumnos mucho antes de preescolar: desde que nacían.
Eran las mejores médicos, porque ofrecían al enfermito justo lo que el Insalud le escamoteaba mezquinamente: atención rápida y solícita. Frenadoles con cariño. No hay listas de espera para el paciente, no hay libranza después de agotadoras guardias para la doctora. Todo para el enfermo, nada para ella médico.
Eran las mejores ministras de Economía, aunque la familia sea por definición una ruina, sobre todo si es numerosa. El dinero desaparece en packs de leche, zapatos y flautas de pan que los angelitos depredan emulando al Tiburón de Spielberg. Y sin embargo, las ministras sacan partido a sus exiguos fondos, con un control de costes que para sí quisieran las empresas del Ibex.
Y ponían, en fin, la guinda de la humanidad a la cota de efectividad. Lo grande es que no solo llegaban a todo -no me pregunten cómo-, sino que estaban en el detalle, en fruslerías tales como acordarse de un cumpleaños o colocar unas flores en el office. Con la cabeza en mil cosas a la vez, pero sacando tiempo para cualquiera que lo necesite. No solo tenían el don de la ubicuidad, sino también el de la disponibilidad: una rareza en la sociedad postegoísta.
Nadie hablará de ellas cuando hayan muerto. Y el Estado las considera población no activa. Si, como lo oyen: no activa. Pero sin ellas, sin las que se quedan en El Álamo del hogar, mientras las demás se ponen a salvo en un trabajo fuera de casa, el tinglado se vendría abajo. No hacía falta Bibiana Aído y su Gestapo de la Igualdad de Trato para que supiéramos que la mujer da mil vueltas al hombre: puede imitarle perfectamente e invadir países, lanzar opas o cambiar el rumbo de la Humanidad…, pero no lo necesita porque ha sido siempre, desde los tiempos de Ulises y Penélope, el motor de la Historia, mediante la transmisión de la vida y los valores.
Ese es su secreto.
Aquí os dejamos un vídeo que nos ha gustado mucho
https://www.youtube.com/watch?v=1nJNZ6mmzjs