Nerea, enfermera, está hasta el moño de los chicos, y asegura que lo que decimos del amor en Pijamaparados sólo existe en las pelis de Hugh Grant y Meg Ryan. No tiene novio, pero sí ha pasado por ligues ocasionales. Está vagamente desencantada y se vuelca en la sala de operaciones… ¿Creativo el amor? Lo único que crea es frustración, dice.
NO sabía que contestarle. ¿Creativo el amor? Hasta que caí en la cuenta: Nerea tienes la respuesta mucho más cerca de lo que piensas. Sin salir del quirófano, sin salir de tu propia persona. Tus manos. Tus manos de enfermera. Eso me recuerda una historia real que ocurrió en Baltimore (EEUU) en 1890, con unas manos y una enfermera.
Acaba de llegar al hospital de Baltimore Caroline Hampton una belleza sureña, procedente de una familia de plantadores de algodón. Comienza a trabajar con un tal William Steward Halsted, joven y eminente cirujano. Al poco tiempo, el médico asciende a Caroline a enfermera jefe.
La segunda razón es su competencia profesional (adivinen la primera). Halsted, tímido y circunspecto, no dice nada, pero está feliz de tenerla cerca. Querría pedirle casamiento, pero de momento sólo le pide las tijeras y el bisturí.
Todo marcha bien, hasta que el cirujano repara en las manos de Caroline. Alteraciones en la piel que van extendiéndose. La causa era el sublimado corrosivo que se utilizaba entonces para desinfectar las manos. Te libraba del microbio asesino pero te dejada la piel hecha unos zorros. Los eccemas comenzaban a extenderse por los brazos de Caroline. Y llega la disyuntiva: o estropear para siempre su delicada piel o dejar el hospital. El doctor Halsted guardaba silencio. Pero a los pocos días le entregó un par de guantes de goma extremadamente fina, de esos que parecen una segunda piel. Sorpresa. Y rareza. Porque decir guantes de quirófano en los tiempos de La edad de la inocencia era decir tosco material, engorroso, poco práctico, que aprisionaba los dedos y aquello acababa en un circo, en mitad de la sala de operaciones.
En cambio, los guantes del cirujano Halsted, que él mismo había encargado a la Goodyear Rubber Company, eran ligeros y delicados. Se esterilizaban al vapor, de suerte que las manos ya no necesitaban del sublimado. Resultaron tan eficaces, que en poco tiempo se convirtieron enmaterial imprescindible en la cirugía. Caroline no se fue del hospital, ni se separó nunca más de Halsted. Se casaron…y se forraron. Porque los guantes triunfaron rápidamente en el mercado, cubriendo una laguna en el sistema de asepsia de la época.
Lo cual demuestra que el amor puede ser creativo. Literalmente creativo. La ciencia, la economía, la historia suelen estar impulsadas por guerras, mentiras y ambiciones. No siempre. William Steward Halsted hizo dar un paso de gigante a la medicina, aunque él sólo quería la mano de Caroline.